Nuestra Fe
Descubre la profundidad de nuestra fe y lo que significa ser parte de la Iglesia Anglicana Tradicional de España. Aquí exploramos las bases de nuestra creencia y práctica.
¿Qué es la Iglesia Anglicana Tradicional?
La Iglesia Anglicana Tradicional es una comunidad cristiana que forma parte de la tradición histórica del anglicanismo y que busca mantener viva la herencia espiritual y eclesial recibida a lo largo de los siglos.
Sus raíces se encuentran en la antigua Iglesia cristiana de las Islas Británicas, donde la fe llegó ya en los primeros siglos del cristianismo. Desde muy temprano existieron comunidades católicas organizadas en Britania que formaban parte de la Iglesia universal. Estas comunidades desarrollaron una rica vida espiritual, monástica y misionera, asociada a figuras como San Patricio, San Columba y San Aidan de Lindisfarne, quienes contribuyeron decisivamente a la expansión del cristianismo en las tierras celtas y anglosajonas.
En el siglo VI, el papa San Gregorio Magno envió a San Agustín de Canterbury para fortalecer la organización de la Iglesia en los reinos anglosajones. Esta misión ayudó a consolidar la estructura eclesial en Inglaterra y marcó un momento importante en la historia del cristianismo en las Islas Británicas, pero no fue fundacional.
Durante el siglo XVI, en el contexto de los cambios religiosos que tuvieron lugar en Europa, la Iglesia de Inglaterra atravesó un período de reforma y reorganización. De este proceso histórico surgió la tradición anglicana tal como se conoce hoy, conservando muchos elementos de la antigua vida litúrgica, ministerial y pastoral de la Iglesia.
A lo largo de los siglos, el anglicanismo desarrolló una rica tradición espiritual y teológica. En el siglo XIX, el llamado Movimiento de Oxford promovió un renovado interés por las raíces históricas del anglicanismo y por su continuidad con la tradición de la Iglesia antigua. Figuras como John Keble, Edward Bouverie Pusey y John Henry Newman desempeñaron un papel importante en este redescubrimiento de la herencia católica del anglicanismo.
En el siglo XX surgieron dentro del mundo anglicano diversos debates y transformaciones que llevaron a algunas comunidades a reafirmar su compromiso con la continuidad histórica del anglicanismo clásico. De este contexto nació el llamado movimiento anglicano de continuidad, formado por iglesias que deseaban preservar la tradición litúrgica, pastoral y eclesial del anglicanismo histórico.
La Iglesia Anglicana Tradicional forma parte de este movimiento y busca mantener viva la herencia espiritual del anglicanismo dentro de la gran tradición histórica del cristianismo.
Hoy, la Iglesia Anglicana Tradicional continúa desarrollando su vida pastoral y comunitaria en distintos lugares del mundo, procurando conservar la riqueza espiritual, litúrgica y pastoral que ha caracterizado al anglicanismo a lo largo de su historia.
¿En qué creemos los cristianos anglicanos?
La tradición anglicana se reconoce heredera de esa antigua Iglesia cristiana de las Islas Británicas, que permaneció fiel a la fe apostólica y a la tradición católica de la Iglesia universal.
Los Credos de la Iglesia
Nuestra fe se resume en los credos históricos de la Iglesia:
• el Credo de los Apóstoles
• el Credo Niceno-Constantinopolitano
• el Credo de San Atanasio
Estos credos expresan la fe cristiana en el Dios Trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y en la salvación que Dios ofrece al mundo por medio de nuestro Señor Jesucristo.
Los Concilios de la Iglesia antigua
Nuestra fe se expresa también en la enseñanza doctrinal definida por los Concilios Ecuménicos de la Iglesia antigua, que ayudaron a clarificar y proteger la fe cristiana frente a errores doctrinales. Entre ellos ocupan un lugar especial los concilios de la Iglesia indivisa:
• Nicea (325), que afirmó la divinidad de Jesucristo frente al arrianismo.
• Constantinopla (381), que completó la formulación del Credo Niceno y afirmó la divinidad del Espíritu Santo.
• Éfeso (431), que proclamó a la Virgen María como Theotokos (Madre de Dios) para defender la verdadera encarnación de Cristo.
• Calcedonia (451), que definió la doctrina de Cristo como verdadero Dios y verdadero hombre.
La tradición anglicana reconoce estos concilios como parte fundamental del testimonio doctrinal de la Iglesia universal y como expresión autorizada de la fe apostólica recibida por los cristianos desde los primeros siglos.
Escritura, Tradición y Razón
La tradición anglicana ha afirmado históricamente que la fe cristiana se fundamenta en la Sagrada Escritura, interpretada dentro de la tradición viva de la Iglesia y discernida con la ayuda de la razón iluminada por la fe.
El teólogo anglicano Richard Hooker (1554–1600) expresó este principio señalando que la Iglesia discierne la verdad cristiana a través de la armonía entre Escritura, Tradición y Razón, entendidas no como fuentes independientes, sino como medios mediante los cuales la Iglesia reconoce y transmite la fe apostólica.
Dentro de esta tradición, el testimonio de los Padres de la Iglesia —los grandes maestros cristianos de los primeros siglos— ocupa un lugar especial, pues ellos ayudaron a interpretar las Escrituras y a preservar la fe recibida de los Apóstoles.
El desarrollo histórico del anglicanismo
Dentro de la historia del cristianismo, la tradición anglicana también se desarrolló en el contexto de la Reforma inglesa del siglo XVI. En este período surgieron algunos formularios históricos del anglicanismo, entre los que destacan el Libro de Oración Común y los Treinta y Nueve Artículos de Religión.
El Libro de Oración Común ha sido durante siglos el principal libro litúrgico del anglicanismo, ordenando la celebración de los sacramentos, la oración diaria y el culto público de la Iglesia. En él se refleja profundamente la espiritualidad bíblica, patrística y sacramental de la tradición anglicana.
Los Treinta y Nueve Artículos, por su parte, surgieron en un contexto histórico marcado por intensas controversias teológicas en Europa. Estos artículos reflejan el lenguaje y las preocupaciones doctrinales de su tiempo y han formado parte del desarrollo histórico del anglicanismo.
Sin embargo, dentro de la tradición anglicana —especialmente en su expresión católica— estos formularios han sido interpretados siempre a la luz de la fe de la Iglesia antigua, de los credos históricos y de la tradición apostólica.
El renacimiento anglo-católico
En el siglo XIX surgió dentro del anglicanismo un movimiento de renovación espiritual conocido como el Movimiento de Oxford. Este movimiento buscó reafirmar la continuidad del anglicanismo con la fe, la liturgia y la tradición de la Iglesia antigua.
Entre sus principales figuras se encuentran John Keble, Edward Bouverie Pusey y John Henry Newman, quienes subrayaron la dimensión católica del anglicanismo y la importancia de los sacramentos, la sucesión apostólica y la tradición patrística.
El teólogo anglicano Edward Bouverie Pusey insistió en que los formularios anglicanos debían interpretarse siempre en continuidad con la fe de la Iglesia indivisa. De manera semejante, John Henry Newman, en su célebre Tract 90, mostró que muchos de los Artículos no pretendían negar la doctrina católica tradicional, sino corregir abusos y controversias concretas del período de la Reforma.
Lambeth y el mundo anglicano moderno
En el desarrollo del anglicanismo moderno también han tenido un papel importante las Conferencias de Lambeth, reuniones periódicas de obispos anglicanos celebradas desde el año 1867. Estas conferencias surgieron como espacios de consulta y reflexión para abordar cuestiones pastorales, doctrinales y misioneras dentro del mundo anglicano.
Las resoluciones de Lambeth han contribuido a orientar la reflexión teológica y la cooperación entre las distintas iglesias anglicanas. Sin embargo, estas conferencias no poseen autoridad doctrinal vinculante comparable a la de los credos ni a la de los concilios ecuménicos de la Iglesia antigua, que continúan siendo la referencia fundamental de la fe cristiana.
La continuidad del anglicanismo tradicional
En las últimas décadas, diversos debates dentro del anglicanismo mundial han dado lugar a diferentes respuestas entre las iglesias anglicanas. Algunas comunidades han buscado reafirmar su fidelidad a la enseñanza histórica de la Iglesia y a la tradición apostólica, dando origen a movimientos que desean preservar la fe clásica del anglicanismo.
La Iglesia Anglicana Tradicional se sitúa dentro de este esfuerzo por mantener viva la herencia espiritual del anglicanismo histórico, conservando la fidelidad a las Sagradas Escrituras, a los credos históricos, a los concilios de la Iglesia antigua y a la vida sacramental de la Iglesia.
De este modo, la Iglesia preserva y proclama la fe católica en la sucesión apostólica del ministerio ordenado, en el carácter sacramental del sacerdocio, en la presencia real de Cristo en la Santa Eucaristía y en la centralidad de la vida sacramental en la vida cristiana.
Así, los formularios históricos del anglicanismo son comprendidos dentro de la gran tradición católica de la Iglesia universal, a la cual el anglicanismo ha buscado siempre permanecer fiel.
¿Quién es Jesucristo para nosotros?
Creemos en Jesucristo, segunda persona de la Santísima Trinidad, verdadero Dios y verdadero hombre. Palabra eterna del Padre encarnada por obra del Espíritu Santo en el seno de la Bienaventurada Virgen María.
Jesucristo es el Señor y Cabeza de la Iglesia.
Creemos que Él es el único mediador entre Dios y los hombres y el Salvador del mundo.
Por medio de su vida, muerte y resurrección, Dios ofrece el perdón de los pecados y la vida eterna a toda la humanidad.
La Iglesia vive, predica y celebra su fe en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
¿Cuáles son las fuentes de nuestra fe?
La tradición anglicana reconoce cuatro fundamentos que orientan la reflexión teológica:
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Sagrada Escritura
-
Tradición de la Iglesia
-
Fe
-
Razón
Estos elementos trabajan juntos para comprender la revelación de Dios y vivir fielmente el Evangelio en cada época.
¿Reconocemos los Concilios Ecuménicos de la Iglesia?
Sí. La Iglesia Anglicana Tradicional reconoce y confiesa la fe de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, expresada fielmente en los Santos Concilios Ecuménicos de la Iglesia indivisa y en los Credos históricos de la cristiandad.
No entendemos el anglicanismo como una religión nueva nacida de una ruptura, ni como una simple reacción reformada posterior, sino como una continuidad católica arraigada en la fe apostólica recibida desde los primeros siglos. Nuestra identidad no se funda en la novedad, sino en la fidelidad.
Por ello recibimos con especial autoridad doctrinal los siete primeros Concilios Ecuménicos, celebrados antes de las grandes divisiones de la cristiandad, como expresión auténtica de la fe apostólica:
- Nicea I (325): confesión de la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo y condena del arrianismo.
- Constantinopla I (381): afirmación de la divinidad del Espíritu Santo y plenitud del Credo Niceno-Constantinopolitano.
- Éfeso (431): proclamación de la Santísima Virgen María como Theotokos, Madre de Dios, y defensa de la unidad de la Persona de Cristo.
- Calcedonia (451): definición de Cristo como verdadero Dios y verdadero hombre, en dos naturalezas sin confusión ni separación.
- Constantinopla II (553): profundización de la doctrina cristológica y defensa de la fe calcedoniana.
- Constantinopla III (680–681): afirmación de las dos voluntades de Cristo, divina y humana, contra el monotelismo.
- Nicea II (787): defensa de la legítima veneración de las santas imágenes y de la realidad de la Encarnación.
Asimismo confesamos los tres grandes Credos Católicos de la Iglesia:
- El Credo de los Apóstoles
- El Credo Niceno-Constantinopolitano
- El Credo Atanasiano
junto con la Sagrada Escritura, la Santa Tradición Apostólica y el testimonio constante de los Santos Padres.
La fe anglicana tradicional no reduce la autoridad doctrinal a una lectura privada de la Escritura, sino que reconoce que la Palabra de Dios ha sido custodiada, predicada y vivida en la Iglesia a través de los siglos.
Por eso afirmamos que ser anglicanos tradicionales no significa alejarnos de la Iglesia Católica histórica, sino permanecer en ella, conservando la fe antigua, la sucesión apostólica, la vida sacramental y la plenitud de la tradición cristiana recibida una vez y para siempre por los santos.
“Contended ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos.”
— Judas 1:3
¿Qué son los Sacramentos?
La vida de la Iglesia se expresa de manera particular en la celebración de la liturgia y en la administración de los santos sacramentos. Los sacramentos son signos visibles de la acción invisible de la Gracia. En ellos el pueblo de Dios participa en el culto ofrecido a la Santísima Trinidad y recibe la gracia que Cristo comunica a su Iglesia.
Siguiendo la enseñanza de las Sagradas Escrituras y la tradición de la Iglesia histórica, nuestra diócesis celebra la fe cristiana mediante una rica vida litúrgica que une oración, proclamación del Evangelio y celebración sacramental.
Los sacramentos son administrados por el ministerio ordenado de obispos y presbíteros, quienes sirven al pueblo de Dios en la celebración de los santos misterios y la proclamación de la Palabra.
A través de la liturgia y los sacramentos y la predicación de la Palabra, la Iglesia edifica al pueblo de Dios y lo conduce a una vida más profunda de fe, comunión y santidad.
¿Cuáles son los sacramentos de la Iglesia?
La Iglesia reconoce siete sacramentos, medios de gracia por los cuales Dios obra en la vida de su pueblo. Dos de ellos —el Bautismo y la Santa Eucaristía— fueron instituidos explícitamente por nuestro Señor Jesucristo, mientras que los demás han sido reconocidos por la Iglesia a lo largo de su misión apostólica.
Los sacramentos son:
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Bautismo
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Santa Eucaristía
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Confirmación
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Reconciliación
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Unción de los enfermos
-
Matrimonio
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Orden sacerdotal
Mediante estos signos sagrados, la gracia de Dios acompaña a los fieles en cada etapa de su vida cristiana, fortaleciendo su fe, su vocación y su comunión con la Iglesia.
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¿Qué significa el Bautismo?
El Bautismo es el sacramento de iniciación cristiana.
Mediante el agua y la invocación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, la persona es incorporada a la Iglesia y comienza una nueva vida en Cristo.
Creemos que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados.
¿Qué es la Confesión y Absolución de los pecados? (o Reconciliación)
La Confesión y Absolución de los pecados es una práctica espiritual mediante la cual los fieles reconocen sus faltas ante Dios y reciben el perdón que Cristo ofrece a su Iglesia. El Evangelio proclama que el Señor ha confiado a su Iglesia el ministerio de la reconciliación, diciendo a sus apóstoles: «A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Juan 20,23).
En la vida cristiana, el perdón de los pecados se recibe de diversas maneras: en la oración personal, en los actos penitenciales de la liturgia, en la confesión comunitaria y también mediante la confesión personal ante un sacerdote.
Dentro del anglicanismo ha existido históricamente una diversidad de prácticas en relación con la confesión auricular (confesión personal ante un sacerdote). Algunas comunidades han puesto mayor énfasis en la confesión general dentro de la liturgia, mientras que otras han mantenido más plenamente la práctica tradicional de la confesión sacramental individual.
La tradición anglicana suele expresar este equilibrio con una conocida frase:
«Todos pueden confesarse; algunos deberían hacerlo; ninguno está obligado.»
Esto significa que la confesión personal no es considerada una obligación universal, pero sí es reconocida como un medio valioso de gracia y dirección espiritual, especialmente cuando una persona desea reconciliarse profundamente con Dios o buscar orientación en su vida espiritual.
En las comunidades de espiritualidad anglo-católica, la confesión sacramental suele conservarse como una práctica pastoral importante. En ella, el fiel puede abrir su conciencia con libertad ante Dios, recibir consejo espiritual y escuchar la absolución pronunciada por el sacerdote en nombre de Cristo y de la Iglesia.
De este modo, la confesión no debe entenderse como un acto de miedo o culpa, sino como un encuentro con la misericordia de Dios, que libera al corazón, restaura la paz interior y fortalece la vida cristiana.
En nuestra comunidad, quienes lo desean pueden acercarse a este sacramento como parte de su camino espiritual, encontrando en él un espacio de reconciliación, sanación y renovación en la gracia de Dios.
¿Qué es la Santa Eucaristía?
La Santa Eucaristía, también llamada Santa Comunión o Cena del Señor, es el centro de la vida litúrgica y espiritual de la Iglesia.
En este sacramento, instituido por nuestro Señor Jesucristo en la Última Cena, creemos que Cristo se hace verdadera y realmente presente bajo las especies consagradas de pan y vino. En este misterio sagrado participamos del Cuerpo y la Sangre del Señor, memorial de su sacrificio redentor y anticipo del banquete eterno del Reino de Dios.«En verdad os digo que no beberé más del fruto de la vid hasta aquel día en que lo beba nuevo en el Reino de Dios.»
(Marcos 14,25)
Desde los primeros siglos del cristianismo la Iglesia ha confesado esta fe. San Ignacio de Antioquía llamaba a la Eucaristía “la carne de nuestro Salvador Jesucristo”, entregada por la vida del mundo.
En la tradición anglicana, grandes teólogos han afirmado igualmente esta realidad sacramental. El obispo anglicano Lancelot Andrewes enseñaba que en la Eucaristía “Cristo está verdadera y realmente presente”, aunque el modo de esta presencia permanezca como un santo misterio.
Asimismo, el movimiento anglo-católico del siglo XIX reafirmó con claridad esta fe sacramental. El teólogo Edward Bouverie Pusey insistió en que la Eucaristía es el gran sacramento de la presencia y del sacrificio de Cristo en medio de su Iglesia.
Al acercarse reverentemente a la Santa Comunión, los fieles reciben la gracia de Dios, son fortalecidos en la fe y renovados en su comunión con Cristo y con su Iglesia.
Por ello, los cristianos bautizados están invitados a participar de este sacramento con fe viva, reverencia y debida preparación espiritual, reconociendo en él uno de los dones más grandes que Cristo ha dado a su Iglesia.
La presencia sacramental de Cristo en la Eucaristía acontece cuando el pan y el vino son consagrados en la celebración de la Santa Misa mediante las palabras instituidas por nuestro Señor Jesucristo en la Última Cena.
Siguiendo el mandato de Cristo — “Haced esto en memoria mía” — el ministro ordenado pronuncia las palabras de la institución sobre el pan y el vino, que constituyen la materia del sacramento. Por la acción del Espíritu Santo y la oración de la Iglesia, estos dones son consagrados y se convierten en el sacramento del Cuerpo y la Sangre del Señor.
La tradición cristiana ha reconocido siempre que este misterio no puede ser explicado plenamente por el entendimiento humano. Como enseñaban muchos teólogos anglicanos clásicos, Cristo está verdadera y realmente presente en el sacramento, aunque el modo de esa presencia permanece como un santo misterio que la Iglesia recibe con fe.
Por ello la Iglesia celebra la Eucaristía con profunda reverencia, sabiendo que en este sacramento el Señor mismo se da a su pueblo como alimento espiritual y prenda de la vida eterna.
¿Por qué celebramos el domingo?
El domingo es el Día del Señor, día en que la Iglesia celebra la resurrección de Jesucristo.
Los cristianos se reúnen ese día para:
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celebrar la Santa Eucaristía
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escuchar la Palabra de Dios
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orar juntos
-
fortalecer la comunión entre los fieles.
¿Qué es la Confirmación?
La Confirmación es el sacramento mediante el cual los bautizados afirman personalmente la fe que recibieron en el Bautismo y reciben, mediante la oración y la imposición de manos del obispo, el fortalecimiento del Espíritu Santo para vivir como discípulos de Cristo en el mundo.
En los primeros siglos de la Iglesia, el Bautismo, la Confirmación y la primera participación en la Eucaristía formaban parte de un mismo proceso de iniciación cristiana. Con el paso del tiempo, la Confirmación quedó especialmente vinculada al ministerio del obispo, como signo visible de la comunión con la Iglesia apostólica.
En la tradición anglicana, la Confirmación es un momento importante en el camino de fe. En ella, la persona bautizada renueva solemnemente las promesas del Bautismo, renuncia a satanás y sus obras y confiesa públicamente su fe en Cristo y se compromete a vivir como miembro activo de la Iglesia.
Durante el rito, el obispo impone las manos sobre cada candidato y ora para que el Espíritu Santo fortalezca su vida cristiana, concediéndole sabiduría, fe, fortaleza y perseverancia en el seguimiento del Señor.
Por ello, la Confirmación no es un punto final, sino un nuevo comienzo en la vida cristiana, un paso hacia una participación más consciente y madura en la vida de la Iglesia, especialmente en la Santa Eucaristía, en la oración y en el servicio a los demás.
En nuestra comunidad, quienes desean recibir la Confirmación participan previamente en un tiempo de formación y preparación, para profundizar en la fe cristiana, comprender mejor la vida de la Iglesia y asumir con responsabilidad su vocación bautismal.
¿Qué es el Matrimonio?
El Santo Matrimonio es una alianza sagrada instituida por Dios desde el principio de la creación, mediante la cual un hombre y una mujer se unen en un pacto de vida y amor, comprometiéndose libremente a compartir su existencia en fidelidad y entrega mutua.
Siguiendo la enseñanza de las Sagradas Escrituras y la tradición de la Iglesia, el matrimonio es una unión permanente en la cual los esposos llegan a ser “una sola carne”, tal como fue establecido por Dios en la creación y confirmado por nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio. San Pablo enseña además que esta unión refleja el misterio profundo del amor entre Cristo y su Iglesia.
La Iglesia celebra el matrimonio como un estado santo de vida y bendice la unión de los esposos para que, con la ayuda de la gracia de Dios, puedan vivir en fidelidad, amor y mutuo apoyo a lo largo de toda su vida.
Dentro del matrimonio cristiano, los esposos son llamados a ayudarse mutuamente en el crecimiento espiritual, a construir una familia fundada en la fe y, cuando Dios lo concede, a recibir y educar a los hijos en el conocimiento y amor del Señor.
Por esta razón, la Iglesia prepara a las parejas mediante orientación pastoral y enseñanza prematrimonial, ayudándoles a comprender la naturaleza sagrada del compromiso que están a punto de asumir.
Así, el matrimonio cristiano se convierte en un signo visible del amor fiel de Dios, una vocación de vida compartida y un camino de santidad dentro de la comunidad de la Iglesia.
Si estás considerando casarte con tu pareja, no dudes en pedirnos consejo y preparación.
¿Qué es el Orden Sagrado?
El Orden Sagrado es el sacramento mediante el cual la Iglesia aparta, consagra y envía a ciertos fieles para el ministerio público al servicio del pueblo de Dios. A través de la oración y la imposición de manos por parte del obispo, el Espíritu Santo confiere la gracia necesaria para ejercer el ministerio pastoral en la Iglesia.
Desde los tiempos apostólicos, la Iglesia ha reconocido tres grados en el ministerio ordenado: obispos, presbíteros y diáconos. Cada uno de estos ministerios participa de manera particular en la misión de Cristo, que continúa celebrando, predicando, guiando, enseñando y santificando a su Iglesia.
Los obispos son sucesores de los apóstoles y tienen la responsabilidad de guardar la fe de la Iglesia, ordenar ministros y cuidar pastoralmente de las comunidades.
Los presbíteros o sacerdotes colaboran con el obispo en el cuidado de las comunidades, celebrando, predicando el Evangelio, los sacramentos y guiando espiritualmente al pueblo de Dios.
Los diáconos están llamados especialmente al servicio, al anuncio del Evangelio y a la atención de las necesidades pastorales y caritativas de la Iglesia.
En la tradición de la Iglesia antigua, el ministerio ordenado podía ser ejercido tanto por hombres célibes como por hombres casados. Algunos ministros elegían libremente vivir el celibato por el Reino de los cielos, siguiendo el ejemplo de Cristo y de muchos santos, mientras que otros continuaban viviendo su vocación sacerdotal dentro de la vida matrimonial. Esta práctica refleja el uso de la Iglesia primitiva, en la que encontramos también a apóstoles y ministros que eran hombres casados (cf. Mateo 8,14; 1 Timoteo 3,2).
Con el paso de los siglos, en la Iglesia de Occidente se fue desarrollando una disciplina que pedía a los sacerdotes vivir en celibato. Esta práctica quedó definitivamente establecida como obligación en la Iglesia latina a partir del siglo XII, especialmente tras el Primer y Segundo Concilio de Letrán (1123 y 1139), que establecieron la obligatoriedad del celibato clerical para los sacerdotes en esa parte de la Iglesia.
La tradición anglicana, en continuidad con la práctica más antigua de la Iglesia, mantiene la posibilidad de que el ministerio ordenado sea ejercido tanto por hombres célibes como por hombres casados, reconociendo ambas formas de vida como caminos legítimos de entrega al servicio de Dios y de su Iglesia.
En todo caso, el ministerio ordenado no es un privilegio personal, sino una vocación de servicio. Quien recibe el Orden Sagrado es llamado a dedicar su vida al cuidado espiritual de la comunidad, a la celebración de los sacramentos, a la predicaicón de la Palabra y al acompañamiento pastoral de los fieles.
Este ministerio se ejerce siempre en comunión con la Iglesia y bajo la autoridad del obispo, como signo visible de la continuidad apostólica y de la unidad de la Iglesia.
A través del Orden Sagrado, Cristo continúa actuando en medio de su pueblo, guiando a la Iglesia en la fe, alimentándola con los sacramentos y acompañándola en su camino de santidad.
¿Qué es la Unción de los Enfermos?
Este sacramento tiene su fundamento en la práctica de la Iglesia apostólica. En la Carta de Santiago se exhorta: «¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, y oren por él, ungiéndolo con óleo en el nombre del Señor» (Santiago 5,14). Desde los primeros siglos, los cristianos han acudido a este signo de gracia cuando enfrentan la enfermedad o momentos de gran debilidad.
La Unción de los Enfermos no es solo un sacramento para el final de la vida. La Iglesia lo ofrece siempre que un fiel atraviesa una enfermedad seria, una intervención médica importante o una etapa de fragilidad física o espiritual. En estos momentos, Cristo mismo se hace cercano al que sufre, ofreciendo su paz y su presencia.
Durante la celebración del sacramento, el sacerdote ora por el enfermo y unge con óleo bendecido la frente y las manos, pidiendo a Dios que conceda perdón de los pecados, fortaleza en la prueba y esperanza en medio del sufrimiento.
Para los cristianos, este sacramento recuerda que Dios no abandona a sus hijos en el dolor, sino que camina con ellos, transformando incluso el sufrimiento en un lugar de gracia, consuelo y confianza en su amor.
En nuestra comunidad, cuando un fiel lo necesita, la Iglesia se acerca al enfermo para ofrecer este sacramento, llevando la oración, la presencia pastoral y la esperanza que brota del Evangelio.
¿Qué espiritualidad vive la Iglesia?
La vida cristiana se alimenta de:
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la oración diaria
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la lectura de las Sagradas Escrituras
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la celebración de los sacramentos
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el servicio a los demás
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las obras de caridad y misericordia.
La Iglesia invita a todos los fieles a crecer en una vida espiritual profunda, guiados por el Espíritu Santo.
¿Qué lugar tiene la Virgen María en nuestra fe?
La Iglesia honra a la Bienaventurada Virgen María como la Madre de nuestro Señor Jesucristo, elegida por Dios para ser instrumento del misterio de la Encarnación o como la llamabanlos Padres de la Iglesia: "El primer templo del Espíritu Santo" (San Ambrosio, San Agustín, etc)
Siguiendo la fe de la Iglesia antigua y el testimonio de los credos históricos, confesamos que Jesucristo “se encarnó por obra del Espíritu Santo de la Virgen María”. Por ello la Iglesia reconoce a María como Theotokos, es decir, Madre de Dios según la carne, tal como fue proclamado por la Iglesia en el Concilio de Éfeso.
La tradición cristiana ha visto siempre en María un ejemplo perfecto de fe, humildad y obediencia a la voluntad de Dios. Como afirma el Evangelio, ella es “bienaventurada entre las mujeres” y todas las generaciones la llaman bienaventurada.
Dentro de la tradición anglicana, especialmente en su expresión católica, María es honrada como modelo de santidad y modelo de la Iglesia y como testigo privilegiado del misterio de Cristo, siempre orientando la fe de los cristianos hacia su Hijo.
¿Es la Iglesia Anglicana una Iglesia Protestante?
Podemos afirmar con fundamento que la tradición anglicana no se comprende a sí misma simplemente como una iglesia protestante. Con frecuencia ha sido descrita más bien como una forma de catolicismo reformado.
Con esta expresión se quiere indicar que el anglicanismo conserva la fe católica recibida de la Iglesia antigua, al mismo tiempo que participó en los procesos de reforma que tuvieron lugar en la Iglesia occidental durante el siglo XVI.
Para comprender esta realidad es importante distinguir entre doctrina y disciplina eclesiástica.
La doctrina se refiere a las verdades fundamentales de la fe cristiana que la Iglesia ha recibido desde los Apóstoles. Estas verdades se expresan en las Sagradas Escrituras, en los credos históricos de la Iglesia, en la enseñanza de los concilios ecuménicos y en el testimonio continuo de la tradición cristiana. En este sentido, el anglicanismo ha buscado siempre permanecer dentro de la fe confesada por la Iglesia una, santa, católica y apostólica.
La disciplina, en cambio, se refiere a las formas de organización, gobierno y práctica pastoral que la Iglesia ha desarrollado a lo largo de su historia. Estas pueden variar según las circunstancias de cada época y lugar, siempre que permanezcan en fidelidad a la fe apostólica.
Durante la Reforma inglesa del siglo XVI, algunos aspectos de la disciplina eclesiástica fueron reformados, mientras que se procuró conservar la continuidad de la Iglesia histórica en su ministerio episcopal, en su vida litúrgica y en su tradición sacramental. De este modo, el anglicanismo se desarrolló como una tradición cristiana que buscó renovar la vida de la Iglesia sin romper con la herencia espiritual recibida.
En la historia del cristianismo occidental, el término protestantismo suele emplearse para describir a las iglesias surgidas de la Reforma que estructuraron su teología en torno a ciertos principios doctrinales conocidos como las “cinco solas”: Sola Scriptura, Sola Fide, Sola Gratia, Solus Christus y Soli Deo Gloria. Estas formulaciones han sido características de diversas tradiciones protestantes.
El anglicanismo, sin embargo, no se ha definido históricamente a partir de estas formulaciones doctrinales, sino a partir de su continuidad con la vida histórica de la Iglesia. La tradición anglicana ha mantenido la sucesión apostólica del episcopado, la centralidad de la liturgia común, la celebración sacramental y la referencia constante a la fe expresada en los credos y en los concilios de la Iglesia antigua.
Por esta razón, muchos teólogos anglicanos han preferido describir el anglicanismo como una forma de catolicismo reformado: católico en su fe y en su continuidad histórica con la Iglesia antigua, y reformado en el sentido de haber participado en los procesos de renovación que tuvieron lugar en la Iglesia occidental durante la época de la Reforma.
De este modo, el anglicanismo ha buscado permanecer dentro de la gran tradición del cristianismo histórico, conservando la fe apostólica y la vida sacramental de la Iglesia, al mismo tiempo que procura renovar continuamente la vida eclesial a la luz de las Sagradas Escrituras y de la tradición recibida.
En esta misma línea, la Iglesia Anglicana Tradicional se comprende como parte de esa continuidad histórica, procurando preservar la riqueza espiritual, litúrgica y sacramental del anglicanismo clásico dentro de la gran tradición de la Iglesia universal.
Esperamos que esta exploración de nuestra teología anglicana sea esclarecedora y le invite a conocer más sobre la Iglesia Anglicana Tradicional de España.
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